El arte de plantar sin arar

 “Aunque quizás solo sea el sueño nacido de un granjero que ha intentado en vano retornar a la Naturaleza, anhelo llegar a ser sembrador de esa semilla. Nada me agradaría tanto como encontrar otras personas que también piensen así”, decía el maestro Masanobu Fukuoka.
Maestro por sabio en experiencia y generoso en su transmisión. Este ingeniero agrónomo, hijo de granjeros, consideraba que para obtener óptimos resultados en las recolectas se podía practicar una agricultura más natural, sin mucha intervención, como el arar o labra, en la tierra; y si hemos de intervenir será conservando o equilibrando el ecosistema.
Fukuoka descubrió que el manto de la tierra es un único organismo que contiene biodiversidad. Esta gran matriz se comunica mediante una suprared orgánica de redes superficiales y subterráneas de raíces, insectos, mamíferos, anfibios, bacterias, minerales, aguas subterráneas, fósiles, energía acumulada…, por eso uno de los principios de la agricultura natural de Fukuoka parte del no arar la tierra para minimizar la ruptura de ese sistema.

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 La siembra  se realiza mediante un ingenioso invento que desarrolló el propio Fukuoka, el nendo dango. Se trata de unas bolas con las semillas que deseamos plantar (de árboles, plantas o flores…), abono natural, tierra y arcilla. Éstas, una vez secas, se plantan dejándolas caer al suelo.
Dentro el proceso de germinación ha iniciado, sólo hace falta que llueva para que la planta se enraíce a la tierra. Esta ingeniosa técnica fue repicada por las ‘guerrillas verdes urbanas’ en Nueva York en su afán de ocupar de verde con plantas y árboles los solares deteriorados e inaccesible o con paso prohibido.
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